Volviste a coger el boli. Sin avisar. Para reescribir el todo y transformarlo en nada. Solo cuatro letras. Leí de nuevo, pero esta vez no lloré. La cobardía ya no me causa sorpresa. Así que no me arrastré. Tampoco te regalé un último pensamiento. No. Impasible, borré tu maldita palabra. Ni siquiera sentí pena al cerrar el libro que tú ya habías desterrado. Me subestimaste incluso en eso. Yo, que tengo un arma infalible frente al desdén. Yo, que aprendí de cada palo y tropiezo. Yo, que ahora sé reconocer quién, verdaderamente, merece la pena.
CuerLo