Morir de vida. Ser conscientes del final y utilizarlo como valentía. Porque el miedo a lo definitivo siempre fue una buena excusa para convertir lo efímero en especial.
Enterrar el concepto «un día más». Hasta hacer de la rutina un primer café y un último beso. Dar sentido como puente entre lo ordinario y el detalle. Para demostrar que se puede cambiar con ilusión, voluntad y ganas.
Vivir como regalo y no como tarea. Aprovechando cada letra de la historia, cada instantánea y cada nota de la melodía.
Todo para, algún día incierto, decir adiós. Y hacerlo sabiendo que exprimiste hasta el mínimo detalle desde aquel «buenos días».