¿Eterno? «Eso es demasiado tiempo», rechaza el joven amante de la vida. Pocas cosas hoy en día duran hasta el final. ¿Para siempre jamás? Solo en los cuentos.
Temporal, circunstancial y momentáneo. Porque la gente ya no comparte la VIDA, así, en mayúsculas, sino partes de ella. «El trozo que yo quiera y me venga bien, que para eso es mía, ¿no?», argumentan convencidos de su sabiduría. Un pensamiento individualista propio de adolescentes inmaduros y exentos de responsabilidades. Una idea de conveniencia a la que, sin embargo, cada vez más adultos se adhieren movidos por el anhelo y el deseo de derrotar al mayor enemigo: el paso del tiempo, los años, la edad… y todo lo que eso conlleva.
El cerebro se divide en parcelas a cada cual se adjudica un «amigo». Una persona concreta que durante unas horas se convertirá en el mejor compañero, pero que, fuera de su lugar, será poco más que un extraño mal situado. Estos van aquí, esos van allá y no vayas tú a mezclar.
«Mi vida es mía y de nadie más. No quiero ni autoridad que me ate ni normas que me opriman ni estabilidad que frene mis inquietudes». Bienvenidos a la jungla.
Mientras, en las calles, se respira una divinización errónea de los conceptos de libertad e inteligencia en contraposición a valores fundamentales como la razón o la voluntad. A ello se suma la rapidez de una sociedad que no deja de gritar: «¡Deprisa!, ¡deprisa!». Los caprichos se cumplen al momento. Se busca casi de forma desesperada el placer instantáneo y se descarta la paciencia por inútil y tediosa. El esfuerzo, la constancia y el sacrificio se han convertido en valores casi extintos que, a día de hoy, son dignos de admirar.
Ya no nos preocupa tanto el futuro. «¿Por qué modificar mis planes por algo abstracto a lo que no tengo miedo y que en el presente no me afecta?». Para desgracia de quienes nos rodean, e incluso para nosotros mismos, el ejercicio de esa libertad, desconectada de toda razón, nos termina convirtiendo en personas egoístas, poco humildes y frías de corazón. La esencia del narcisismo se propaga como la pólvora cobijado por lemas como «nunca te querrás y cuidarás lo suficiente», «piensa en ti primero», «nadie más lo va a hacer»… Y por triste que pueda sonar, en esto último siempre acaban teniendo algo de razón.
Cambiemos de tema y volvamos a los cerebros divididos. Y llegados a este punto, déjame hacerte una pregunta: ¿eres más de AMIGOS o de amigos? La diferencia es notable: mientras que los primeros rompen tus esquemas salpicando cada parcela de tu vida, los segundos, también conocidos como amigotes, varían según el tiempo y el lugar sin más anclaje que la volatilidad de las circunstancias.
Y aquí debo puntualizar que, pese a mis anteriores palabras, no estoy en contra de los amigos temporales. Es algo normal, sano y necesario; el ser humano es social por naturaleza. Sin embargo, mi preocupación va más allá y tiene que ver con la idealización de lo eventual y conveniente y la desconfianza en el hombre y su capacidad de amar para la eternidad.
Pasa con los amigos y también entre parejas. Cada vez con más frecuencia se cierran las puertas al amor para toda la vida por considerarlo imposible, aburrido, antiguo y tradicional. Ahora impera el antojo, el capricho, la utilidad y el entretenimiento temporal. El amor eterno ya no llena ni se relaciona con la felicidad, sino que, por el contrario, se considera una pérdida de tiempo. Como si una pareja estable o una familia fueran vampiros que te chupan la sangre. Que si malgastas tu juventud, que si desaprovechas oportunidades, que si pierdes experiencias… ¿Por qué ese pensamiento tan utilitarista? ¿Por qué quedarse solo con el exterior del cofre, cubierto de responsabilidades, obligaciones y ataduras, y obviar el tesoro que contiene? Es una lástima cómo la sociedad invita a una ceguera, pasividad y conformismo que nos convierten en culpables y, a la vez, en víctimas. Porque lo fácil y novedoso está al alcance de todos, pero, como pasa con el buen vino, lo verdaderamente valioso y extraordinario requiere trabajo, tiempo y dedicación.
La fidelidad, dentro de nada, será considerada un bien escaso y de lujo. En gran parte porque el ser humano, a día de hoy, puede tener lo que quiera. Internet se nos presenta como mejor amigo y ayudante y al mismo tiempo como la peor de las bombas. En una sociedad en la que la persona deja de ser persona para convertirse en objeto, la fidelidad queda obsoleta y aplastada por novedades y productos en constante cambio, cada vez mejores y más personalizados. [Respecto a lo de mejores, permítanme discrepar; una ya se harta de escuchar historias sobre relaciones que se rompieron por orgullo, capricho, desconfianza y falta de esfuerzo].
Quizá todo esto sea una de las razones por las que en la actualidad Dios desaparece, las familias se distancian, los matrimonios escasean y los divorcios se multiplican. Ahora piensa en tus amigos verdaderos. Esos que escribes en mayúsculas. Los que cuentas con los dedos de las manos y aun así te sobran. Recuerda las parejas que tuviste y visualiza la que anhelas tener. «¿Compartirlo todo al 100 % con alguien más? Solo los ilusos creerían que se puede amar de por vida».
Fdo. Mescondo