Si me dejaras, te llevaría a ver atardeceres. Te invitaría a que el dorado fuese tu color favorito y la despedida, tu canción más deseada. Compartiría mis secretos. Sé que no hay mejor cerradura que tu ocaso y mi ciega confianza en que esta noche saldrán las estrellas.
Te sorprenderías. Y puede incluso que comprendieras que cuando algo muere, algo nace. Y que ese algo se escribe igual y siempre se acaba leyendo diferente. No te preocupes. A veces nos equivocamos de lucero. Y pensamos que la oscuridad no es cómplice de la palabra «bueno». Por eso hay gente cuya mirada vespertina se acuesta en casa. Por el miedo a un cielo con manecillas camino de las doce. ¡Por favor, no seas tú tan ingenuo! El atardecer también es despertar. De los mejores sentimientos, de los besos, de los sueños, de las más bonitas rimas.
Déjame que te lo demuestre. Te prometo que serás testigo del escondite al que cada día juegan el sol y la luna. Romeo y Julieta se aman tanto que terminan fundiendo sus colores en la más celestial paleta. Y, al final, resulta que los mejores artistas no eran los que pintaban lienzos, sino los que convertían en arte la rutina. Porque la repetición es la condición del atardecer, pero no su regla. Hay demasiados tonos de felicidad como para desperdiciarlos.
¡Mira! Comprobarás que mis ojos parecen verdes y que tu piel luce de un brillante diferente, como más especial. No pestañees. Soplarás la magia de un cielo vergonzoso entre tanto objetivo. Deja que Lorenzo y Catalina bailen y que la partitura se refleje en tus pupilas. En mis ojos ya se reproduce una melodía de diferentes compases. Dame la mano y verás cómo tiemblo de ilusión y frío. La emoción de compartirse es como ese color rosa anaranjado que tanto nos fascina. El mismo que se convierte en azul de azules cuando el compartir «contigo» se complementa.
Llévame de atardeceres y te aseguro que me conquistarás como la noche se impone al día. Del amanecer ya nos encargaremos mañana. Nuevos colores, nuevas líneas. No te prometo que no me enamore. Es más, me encantaría. Pero no nos aceleremos. Empecemos por el atardecer para cerrar juntos el día.