Al final la felicidad era algo tan tonto como que vinieras a despertarme con un beso en la frente por las mañanas. O que yo te abrazase por la espalda mientras tú preparabas el café. Pasear de la mano, sacarnos una foto bonita o beber una botella de vino a medias.
«¿Vemos una peli?». Con el tiempo, habíamos aprendido a compartir palabras y disfrutar del silencio. Y eso también era felicidad. Como las cosquillas o las bromas que solo entendemos nosotros. El primer «buenos días» y el último «buenas noches». La cena lista cuando llegas a casa. Mi dulce favorito en la cesta de la compra. La caricia que conforta el día triste y pregunta cómo estás.
Todo se escondía ahí: entre la rutina y nuestra capacidad de convertirla en algo especial. Con una sonrisa a veces pequeña y a veces gigante. Cuando te sabes afortunada, lo ordinario se llena de matices hasta ahora imperceptibles. De gestos que pasan desapercibidos hasta que comprendes que el amor los utiliza para demostrar cariño y afecto. ¿Sabes a lo que me refiero? A esos instantes que llenan de vida la propia vida. Algunos lo llaman detalles. Yo lo llamo felicidad.
SPH