Y llega un momento en el que no necesitas una razón para sonreír. Y te descubres a ti misma compartiendo la alegría que sientes. Paz y estabilidad. Orgullo porque conseguiste hacer extraordinaria la más mortal de las rutinas.
Contagias a los demás hasta hacer que ellos también dibujen una sonrisa. Te reconforta. La dicha se expande como la música por tus venas y las ganas de gritar y bailar se alían con la tranquilidad del que por fin llega a casa.
¡Qué felicidad el saber que tú mismo habías sido el mejor hogar! ¡Qué felicidad comprenderlo precisamente ahora!