Dicen que siempre, ante la vida, hay dos tipos de personas. Y creo que solo dicen la verdad a medias.
Ellos, que se hacen llamar artistas y no son más que aprendices con pinceles manchados de gris; el único color capaz de pegar con todo sin aportar nada. El comodín para subsanar errores. La excusa perfecta frente a los defectos. El «yo soy así» de los acomodados en el titubeo. ¿Y qué iban a hacer? ¿Había otra opción? Ya era hora de aceptar la mentira que llena los cuadros del museo en el que vivimos; ese en el que la masa observa y nadie grita.
Dicen que siempre, ante la vida, hay dos tipos de personas. Y en algo no se equivocan.
Os confieso que varias veces topé con un muro, pero otras muchas me limité a ser mero espectador. Y fui testigo de cómo uno se hacía pequeño ante la pared de roca mientras el otro ya se terminaba de colocar el arnés. El primero lloraba y el otro pisaba firme sin importar el apoyo. Ahí fue cuando entendí que la realidad la viven los valientes y los cobardes solo escuchan.
Así es el miedo a sufrir: sofá para la indecisión, escudo frente a la incertidumbre y peso pesado ante la duda. Porque el primero volvió, se quejó y, cuando le preguntaron, no pudo más que sacar el gris de su mochila. Sin embargo, el otro… El otro sostenía una balanza y había optado por la sonrisa; la que, por cierto, dibujó con los colores que consiguió al llegar a la cima.
Os cuento que, en esta ocasión, el muro estaba frente a mí y tenía incluso piedras puntiagudas. Al verlo, mis pies se paralizaron. Y de verdad que no logré moverme hasta que alguien me susurró que rebuscara en mi mochila. Inexplicablemente, allí habían aparecido una balanza, varios recipientes vacíos y un dilema. Porque fue entonces cuando me cuestioné si yo era de los que se ahogan en problemas o de los que se agarran al salvavidas. Y, ¿sabéis qué? Me sentí renovada al descubrir que, a pesar de los obstáculos, era la solución en lo que ya había clavado mi vista.
Así que me puse a escalar. Con mis tropiezos, resbalones… pero también con pequeñas conquistas. Y muchos miraron, pero fueron pocos los que ofrecieron sus manos para darme impulso. Creo que nunca se lo agradecí lo suficiente. Es irónico cómo la perspectiva ayuda a aclarar los ojos pese a la neblina.
Porque sí, estoy aquí. Cada vez un poco más arriba. Y eso que aún no he llegado a la cumbre. Solo estoy tomando aire. Y sonriendo a colores. Ya he llenado algunos de mis frascos de pintura. No me asustan los montes a lo lejos. Tengo pinceles y ganas de escribir vida.
Fdo. Mescondo