La anestesia de los sentimientos: supervivencia.
La estabilidad: falta de inspiración.
La calma: asesina del oleaje que fluye.
La falta. Y un escritor.
Que ya no llora. Que lamenta que su boli haya parado de repente.
Nada le agita. Ni siquiera sus propias líneas.
Por fin había comprendido la necesidad de una vida atormentada.
El drama que subyace entre los dedos del artista.
¿Quién iba a pensar que a mayor dolor, mejores rimas?
***
Vida, duda y papel.
Solo dejándose caer podría dedicarse por entero a la pluma.
Sufrir sería el peaje hacia una falsa felicidad disfrazada de satisfacción.
Pobre escritor.
Él que no es más que esclavo de una impotencia, en blanco, que grita.
Preso de una razón y un papel impasibles.
Él que sabe que las musas solo aparecen si se acepta el trato.
El escritor debía morir.
Morir para escribir. Para vivir por y para el lector.
Al fin y al cabo, morir para llenar de vida.