Amanece igual, pero ya no es lo mismo. El cielo sigue rosa; como cada mañana, como siempre allí fuera, como nunca aquí dentro. Parece desconocer que mi corazón ya no pinta con la misma paleta. Aun así, lo miro. Y pienso que ya no tengo sus ojos, pero continúo disfrutando de las vistas. Ya no me hundo en la taza de café. Algo me invita a mirar hacia arriba. Y creo que sabe cuánto le estoy agradecida. Aunque solo sea por la posibilidad de fijar los anaranjados en mi retina. Es el consuelo del insomnio y la única sonrisa del desvelo: que las estrellas te pertenecen y tus ojos atestiguan cómo cada mañana se llena el lienzo. Como si la rutina no matase su belleza. ¿Acaso quieres decirme algo? Espera. ¿Y si quien mira también es artista terreno?
Un segundo. Déjame perderme dos o más. Que el amanecer se perpetúa en su falsa quietud y ni la velocidad del tren le hace perder su esencia. Ya vuelvo. El sol me aturde a su paso. Las nubes toman forma al igual que los árboles, los edificios e incluso los coches. Todo se ve mejor entre mis ojos y ese cielo imposible de descifrar. Va a ser verdad eso de que Dios es justo cuando regala. Otra cosa es que sepas desenvolverlo.
Aunque en mi caso es sencillo: basta con cerrar los ojos para comprender que este amanecer es abrazo más que vista. A mí que esta noche me sentí tan sola. Como ayer… Como hace dos días… Veladas en vela que, con la luz apagada, entre sábanas, me hacen odiar los juegos de palabras.
Pero nada de esto importa. Quizá luego sí, pero no ahora. Porque ahora no tengo la vista fijada en mí, sino en aquel enorme sol que reclama su sitio entre tanta nube. Majestuoso, completamente redondo y cada vez más amarillento. El mismo que pretende cegarme para que cierre los ojos y agudice el oído: «¡Mira menos y siente más!». Así da gusto comenzar el día. Con un abrazo cálido a pesar de la ventana. Y una lección. Y un amago de sonrisa. Acabo de descubrirlo: nada se pinta en vano; tampoco mi vida.
LL