Y te das cuenta cuando miras hacia abajo y, aun así, sonríes. Y te ríes de ti misma hasta que tus venas cambian la sangre por relatividad. La misma que solo parece apreciarse desde fuera. La que juega convirtiendo los problemas más graves en miserias. Porque has entendido que ahogarse no sirve de nada. Que ese es el camino fácil y que, en este mundo, faltan luchadores y sobran cobardes.
Te cavas el hoyo. Lo llenas de lágrimas. Y entonces… ¿Entonces qué? Desde arriba te lanzan escaleras y te gritan que nades, pero tú prefieres aguantar la respiración. Como si en algún momento morirse hubiese merecido la pena. No. Solo cuando abres los ojos vislumbras el rayo de sol que llega desde la superficie y atraviesa el agua. Es ahí cuando te animas a escalar. Sin ninguna ayuda. Demostrándote a ti misma tu fuerza. Marcándote con cicatrices que taparás con tiritas hasta que aprendas de ellas. El reloj se ha declarado tu aliado. Por fin has salido de ese maldito agujero. Fuera te ofrecen toallas, comida y aliento, pero el sol es lo único que te calienta. La felicidad te va llenando hasta que te completas. Y tú decides que te la quedas.
Caminas. Tus gemelos son más firmes que antes de caerte. El suelo sigue repleto de hoyos, pero tú te has propuesto no volver a refugiarte en la oscuridad. Las estrellas inspiran más que el barro. Subes la barbilla. Ahora, te ríes de la desdicha y la afrontas. Sin escudo, pero con todas tus armas. A veces con eso es suficiente.
Luchas contigo misma, cada día. Nadie te avisó de que esa era la peor batalla. Pero tampoco sospecharon que tú tenías espada: los recuerdos. Los buenos recuerdos. A ellos te aferras aun con el peligro de anclarte en el pasado. También ahí se equivocaron contigo. El «bien» del «ayer» puede ser el «mejor» del «mañana». El tiempo te lo desveló en una de vuestras conversaciones. Y ganas, a ti, no te faltan. Ni expectativas e imaginación. Te niegas a ahogarte de nuevo. Ya has construido un dique de realidad con toda la tierra que te lanzaron mientras agonizabas en silencio. ¿Ves cómo de todo se salía?
Sonríes una vez más. La recuperación empieza con unos labios curvados hacia arriba. Allí miras. Tus ojos se han achinado, pero todos a tu alrededor pueden ver cómo brillan. Un misterioso destello como símbolo de una lección asimilada. Redescubres el tiempo, el espacio y a ti misma. Resulta que los mosaicos más valiosos son los compuestos por miles de piezas pequeñitas y rotas. Y… ¡Estás bailando! Sí. Un corazón contento es capaz de sacudir cualquier cuerpo hasta colmarlo de energía. ¿Estás escribiendo? Sí. Un «yo» en paz se convierte en el mejor truco para hacer magia con unas buenas líneas.
LL