Estoy convencida de que hasta los mejores guionistas hubieran pagado por poder basar sus líneas en una historia así. Yo con mis uñas rojo fuego y tú con tus ojos azul mar. Puede que eso fuera lo mejor: el contraste. Que yo llenase de calidez tu vida y que tú aparecieses en la mía para no quemarme en mi propio incendio.
Química inexplicable y varias citas de ensueño. Era como si alguien hubiese leído mi carta a los Reyes Magos antes de modelarte y hacerte verdad. No me preguntes cómo, pero, durante casi seis meses, nunca llegaste a perder la magia de la primera vez. Era perfecto. Tanto que te juro que me costó asumir mi suerte cuando te presentaste con aquel bañador verde oscuro y un par de copas de vino blanco. La casa vacía y yo, expectante. Supongo que aún me recuerdas sentada en los escalones blancos de tu piscina. Con medio cuerpo sumergido y ese bikini a rayas que tanto te gustaba y que tan poco me duró puesto. Agosto en Madrid invitaba a desnudarse y nosotros, esa tarde, obedecimos sin rechistar. Quisimos hacerlo. Nos parecía bonito dejar que el atardecer se reflejara en la piel mientras nos abrazábamos dentro del agua.
48 lunares. Creo que los contaste todos y, aun así, te parecieron pocos. Media hora más tarde, ya no te quedaba ninguno por besar. Tú y tus prisas frente al mundo y su reloj. Después de todo, el sol tuvo tiempo de sobra para dibujar nuestras siluetas y a continuación cederle el lápiz a la luna. Pensándolo bien, quizá fue ella la razón de que el relato de caricias nos terminase llevando desde el jardín hasta las sábanas.
Desnudos, tumbados y sin tapar. A punto estaba de quedarme dormida cuando de repente te levantaste, desapareciste unos segundos y, para mi asombro, regresaste con un delantal: no ibas a permitir que no probase tu famosa pasta carbonara. Aunque fueran casi las dos de la madrugada y eso significara salir de la cama y ponerme, al menos, mi ropa interior y una de tus camisas tamaño XXL.
Hubiera protestado si no fuera por el paseo en volandas hasta el piano del salón. La pasta cociendo era una buena excusa para cambiar el vino blanco por lambrusco y dejarme enamorar por tus dotes como pianista. De nuevo, me costaba aceptar la fortuna. No terminaba de creerme que estuviésemos allí. Así. Lo nuestro era una realidad soñada de esas que parecen flotar eternas y, sin embargo, despiertan con un timbre inoportuno a altas horas de la noche.
Y es cierto que podría haber sido cualquier vecino molesto con el sonido del piano, pero los vecinos no aparecen con velas en una mano y una botella de vino en la otra. «¡Sorpresa!», escuché antes de asomarme y descubrir sus ojos ilusionados y un anillo dorado a conjunto con ese que tú ocultaste tan bien. Ahí estaba. Deslumbrante. Ella con su tinto, yo con mi lambrusco y tú sin saber qué decir ni beber. Acto seguido, llegó el fatal encuentro. Y el golpe. Y el sonido del cristal cayendo al suelo. El vino se había desparramado por toda la entrada y yo… Yo te juro que me quería morir.
En ese preciso instante, todas esas escenas locas de amantes me parecían descafeinadas en comparación con la vida real. No sabría decirte si me sentía más engañada, enfadada o estúpida. Solo recuerdo que estaba tan aturdida que ni siquiera reparé en que aún llevaba tu camisa puesta cuando recogí mis cosas y, cabizbaja, me marché de allí.
Nadie se miró. Ninguno comentó nada. Nunca más supe de ti. Me juré a mí misma no escribirte más conforme caminaba descalza por la calle. Con el pelo alborotado y los lunares hechos añicos. Aquel maldito día, mi confianza quedó tan destrozada como tatuada la lección. Tiré tu camisa en un contenedor cercano y, desde entonces, no me enamoré más.
Puedes acusarme de cobardía si te consuela. Yo lo llamo supervivencia emocional. Porque ahora, por tu culpa, me cuesta confiar en besos ajenos. No pienso volver a ilusionarme en vano. Me niego a inspirar más guiones de drama. Yo también merezco protagonizar historias felices y sin final.
Fdo. Maripinta