Sí, fui yo, pero tu corazón estaba ciego. ¿El tren que perdiste? Fui yo. La flor que se marchitó mientras buscabas entre edificios. ¿El sol entre las nubes? También fui yo. La luz que se apagó al comprobar que te empeñabas en las tinieblas.
Y digo «fui» y no «soy» porque todos los trenes se quedan sin gasolina. Porque la espera se alimenta de ilusiones. Porque de nada sirvió que te mirase frente a frente. Porque no pienso esperarte sentada toda la vida.
Por eso me voy. Con la rabia de saber que pudo haber sido y con la esperanza de que algún día te quitarás la venda. De nada servirá, entonces, el arrepentimiento. Ya no habrá llama ni mecha. Solo cansancio, decepción y pena, mucha pena.
Pena. Por lo que pudo ser y nunca será. Impotencia. Porque la vida es injusta pero sabia. Silencio. Para buscar respuesta a las preguntas. Paciencia. Hasta transformar el fracaso en aprendizaje. Distancia. Para observar con perspectiva. Tranquilidad. Porque fue lo que tuvo que haber sido. Alivio. Por elegir lo que sí necesitabas. Confianza. ¿O acaso creías que la vida daba puntada sin hilo?
SPH