Me acerqué a la barra a por un trago. Pedí lo que más me apetecía en ese momento. Aun así, la vida me observó, miró su reloj y me ofreció otra copa. Me la tomé sin pensarlo, convencido de que ella no iba a cambiar. De nada sirvió que me emborrachara de rabia. Un tiempo después volví. Y le planté cara a esa misma vida. Esta vez, los dos sonreíamos. Hasta pude comparar su reloj con el mío. Y mientras me servía una nueva bebida, le agradecí que ese día no me sirviese lo que pedí, sino lo que tanto necesitaba.
CuerLo