Quise cambiar de aires. Y en vez de obsesionarme con ello, simplemente eché a andar. Continué respirando. Y caminé hasta que mis pasos me llevaron a un campo repleto de flores. Allí no solo cambié de aires, sino también de vistas. Resulta que el truco no estaba en aguantar la respiración o autoengañarse a base de perfumes. El secreto se escondía en el propio paisaje y olía a pequeñas gotas de voluntad, osadía y perseverancia.