Jamás volveré a dejar que alguien me robe el corazón.
Podré dudar si demuestras interés. Temblar incluso si prometes luchar. Con el tiempo, quizá hasta abra mis puertas para invitarte a entrar. Pero nunca más confiaré mi corazón entero a manos ajenas. Prefiero sostenerlo yo misma. Cuidadosa. Con cariño. Paciente. Consciente de la importancia de su latir. Solo así podré decidir con quién lo comparto y a quién se lo muestro. He ahí el verbo: «compartir», no «pertenecer». Ese es el único truco para evitar la muerte en vida. Para que el corazón no se agriete en vano y la herida no escueza tanto si algún día te marchas sin explicación.
«Menos mal que no dejé que me robase el corazón», pensaré entonces. Cuando faltes y mi corazón palpite dolido, pero a resguardo. Con una mezcla de vacío y de satisfacción. Uno por ti y la otra por mí. Porque mi corazón nunca fue tuyo del todo, ¿sabes? Mi corazón fue mío y yo solo decidí hacerte hueco. Entregarte un trozo cada vez más grande. Compartir hasta el aire, pero nunca a costa de mi respirar.
LL