Supe que era artista por su forma de buscar entre los rincones cotidianos. Por su anhelo de inspiraciones, melodía y buenas historias que contar. Os prometo que en cada lugar encontraba algo. En el detalle. En lo inmenso. En la nada. Incluso entre lo gris y frío, siempre había un trozo de mundo que despertar.
No tenía miedo a liberarse. Tampoco a desnudarse frente a los demás. En el fondo, su vida era eso, ¿no? Encontrar a la musa, vestirla de emociones y hacerla volar.
Lo vi con mis propios ojos. En ese preciso instante, la chispa había encendido su luz y él se elevaba más allá de lo mundano. Se había convertido en ángel. Y en mago. Y en suicida que muere para renacer en su mejor versión. Yo tuve la suerte de presenciarlo. Pude comprobar cómo ponía el alma en el diseño del sentimiento, lo pulía a base de dedicación y tiempo y disfrutaba una vez que su obra conseguía evocar.
LL