Caminaste. Y el presente te puso la zancadilla. Y caíste en mil hoyos. Con diferentes rostros y distintas profundidades. Y, aun así, saliste. Y al tapar el agujero, optaste por la piedra. Tan duro fue que hasta te sangraron las manos. Tus heridas dolían más de lo normal y todos parecían terminar antes. Como si olvidar cajones cerrados fuese tarea fácil…
Estuviste a punto de abandonar, es cierto, pero tenías mucho que darte. Así lo hiciste. Y a cada hoyo, tú ponías más piedra. Dependiendo de la oscuridad. Dependiendo de tus fuerzas.
Y resulta que, al final, hasta lograste construir una escalera. Desde ella, podías bajar al pasado o subir a un nuevo presente. Con mejores vistas y todo tipo de lecciones. Como una vez te dijeron, «el verbo “aprender” no entiende de relojes».
Pasó el tiempo. Y el hoy se convirtió en ayer y el mañana en ahora. Y volviste a pasar por esa ruta llena de fosos. Pero esta vez estabas tranquila. Sabías que no volverías a caer en ninguno de ellos. Porque no en vano el precipicio de piedra siempre fue más seguro que el de arena y, ahí, dormida, te aguardaba la recompensa.
Caminaste. Te alejaste sabiendo que, más adelante, el futuro te enfrentaría de nuevo a aquel suelo empedrado. Porque la tierra es redonda y la vida da mil vueltas, pero a ti… A ti ya nada te asusta ni marea. Ni siquiera los nuevos baches a los que sabes que tendrás que hacer frente conforme vayas ampliando el mapa. No me preocupa. Afortunadamente, tú ya conoces el comienzo y el fin de la palabra «salida». Y estoy convencida de que nos veremos en la cima.