Aguamarina. Esa mezcla de azul bañado en gotas doradas se ha convertido en mi nuevo cóctel favorito, lo confieso. Y eso que nunca tuve la intención de acercarme a tu bar a por una copa.
Dicen que las miradas se buscan. Y mienten. Las miradas te encuentran. Y si te descuidas, te atrapan. Regálame tus ojos y, te prometo, desaparecerá en mí la necesidad de buscar otro mar embotellado.
Nunca dejes de mirarme así, por favor. Nadie me había hecho sentir tan viva. Búscame. Todo el rato. Y recuérdame con un pestañeo que tus ojos solo se encienden cuando con los míos se encuentran.
Porque me intimidas. Y me encanta. Explícame por qué tu mirada es penetrante y al mismo tiempo pura. Por qué de nuevo me convierto en niña. Por qué no consigo comprender la profundidad de un azul resumido en tan solo dos esferas.
Creo que no te lo he dicho, pero tienes una sonrisa preciosa. Casi tan bonita como tus ojos. Juntos suenan a sinfonía perfecta. No me mires mientras curvas esos labios. No te prometo que no me enamore. Más aún si sé que soy yo la causa de ese guiño gamberro que furtivamente me dedicas.
No me cansaré de escribirte si tú no te cansas de mirarme con esa ternura. Ni se te ocurra llorar toda la dulzura que brilla en tus ojos. La quiero sentir cada vez que besas mi frente. Entonces, seré yo la que cierre los ojos, esos que dices que tanto te gustan. Pero no importa. Porque a tu lado, estoy tranquila. Suspiro felicidad mientras mi cabeza se apoya en tu pecho. Tus luceros siguen encendidos y me alumbran. Nunca sospecharías cómo, en ese momento, mientras acaricias suavemente mi nuca, mi corazón también te mira.
Déjame que te bese los labios para que tus ojos hagan lo mismo con mi piel. Bésame en el hombro, en el cuello, en la espalda, en la boca…, y hazlo casi sin que me dé cuenta. Como aquella brisa que, sin llegar a despeinar, nos recordó que paseábamos por la playa. No tengas miedo. Coge mi mano. Mírame de reojo. Y sonríe, como yo ahora mismo mientras escribo estas líneas.
Hazme sonreír. Provócame la risa. Con cosquillas si hace falta. Y cuando pare, vuelve a repetirme cuánto te encantan mis pecas. Clava tus ojos en mi boca y sabré que quieres besarme. Yo también sonrío. Por ti. Y porque juntos sufriremos la terrible suerte de que nos duelan hasta las mejillas. Sabes que no dejaremos de sonreír hasta que nuestros labios se distraigan bailando. Quizá entonces seguiremos sonriendo, yo al menos, mientras me muerdes en un acto de valiente pasión contenida.
Bésame lento, sin prisa y con pausas. Que entre beso y beso podamos abrir los ojos. Quiero perderme en ellos una vez más, aunque me ahogue entre tus olas. Acaríciame y juega con tu dedo en mi espalda. Hazme sentir tan deseada como celosas quedan aquellas que nos miran. Sé que ellas también querrían ser víctimas de una admiración tan encantadora.
Y cuando te separes de mí, solo me quedará una duda: ¿cómo se paga una mirada como la tuya? Pero sigo tranquila. Porque es normal que sientan envidia como normal es que me sienta afortunada. Aquí, lo único fuera de lo normal es que unos ojos como los tuyos se decidieran a atravesar mi puerta. ¡Cómo si yo hubiese elegido salir a navegar! Pero lo hice. Me dejé llevar en el instante en que tus labios me rozaron. Y me subí a tu barco sin pensarlo, con los pies temblorosos en el momento y el corazón acelerado desde hacía rato.
Paro ya y no porque quiera. No puedo despedirme sin darte las gracias. Por tu inocencia, por tu sinceridad, por mirarme como si fuese la única. Ya te lo dije: hacía mucho tiempo que nadie me deseaba de esa manera. Gracias por hacerlo sin ni siquiera darte cuenta. Gracias por ayudarme a construir nuevos recuerdos. Gracias por comprender mi pasado y acompañar mi presente. Gracias por animarme a soñar, sin miedo, el futuro.
¡Quién pudiera mirar con unos ojos como los tuyos! Cielo sobre piel bronceada, bordado con oscuras pestañas para resaltar aún más la pintura. Dios no comete errores al regalar ojos bonitos a personas de corazón bueno. Es el reflejo del alma, dicen algunos. Yo soy una de ellos.
Solía mirar hacia abajo. Cerrar los ojos siempre fue el mejor truco de la cobardía. La misma que vencí cuando una mañana cualquiera, sin saber por qué, me atreví a mirar hacia arriba. Y ahí estabas tú, iluminando mi despertar con un amanecer pintado de azules. Desde entonces, deseo que el mar me mire con tus ojos. Todos los días. Pocas son las olas que cambian la vida.
Mírame. Una vez más. Y prométeme que nunca será la última. Lo reconozco: soy una loca feliz de haberse ahogado en aguamarina.
SPH