Y apareciste tú. Entre la neblina en la que nunca quise sumergirme. Entre humo blanco capaz de disipar todo. Hasta el más oscuro de los miedos. Solo entonces, el verbo «aparecer» se llenó de una luz clara como tus ojos. Y el barco perdido encontró el puerto. Y rezó para que el faro nunca se apagara. Porque no se lo merecía. Porque temía que fuera un espejismo. Porque al fin había esperanza.
Y es que el humo en los ojos te hace dudar hasta que te pica el corazón. Pero a veces, solo a veces, los focos también alumbran a las barcas más pequeñas. Las que se perdieron en la niebla por culpa de otros y decidieron quedarse allí para no enfrentarse a la nada. Por cobardía. Por temor a encontrarse de nuevo con quien agujereó su bote y su corazón. El mismo que ahora, un tiempo después, ha decidido volver a remar. Todo el mundo merece una oportunidad de perderse entre las mejores vistas. Tú también. ¿Y yo? Yo parece que ya me he encontrado.
SPH