Rabia, odio, enfado, tristeza, asombro, confusión… Todo a la vez. Sentimientos que van marcando cada una de estas letras. ¡Mierda! No entiendo nada. Solo sé que parezco la mala de nuestra historia.
¿Extremista? Puede, pero no me culpes porque yo no lo elegí. Perdóname por luchar, por intentar ser feliz. Perdóname por soñar contigo mi cuento de hadas. Únicamente trato de empujarte fuera de la órbita de mi vida, pero es difícil y nunca consigo separarte lo suficiente.
Y es que mientras tú jugabas, yo me enamoraba, y ahora que te has cansado el amor me pasa factura. Solo fui la estúpida que se enamoró de ti, la tonta que se ilusionó y a la que hoy ya no quieres.
Y como si no fuera ya suficientemente duro, encima te enfadas conmigo por eso. No quieres excusas, solo hechos. Mi cabeza estalla y siento que necesito paciencia, comprensión, tiempo…
La cabeza entre las piernas. Nunca pensé que los sentimientos pudieran pesar tanto.
Yo y mi manía de entenderlo todo y tú… Tú que no me quieres ver, pero a la vez no me quieres perder de vista. Tú que eres mi veneno y al mismo tiempo mi único antídoto. Tú que has decidido ser solo aguijón.
¿Por qué me haces sufrir de esta manera? ¿Por qué lo haces todo tan difícil? ¿Por qué no escarmiento? ¿Por qué no me canso de darte una y otra oportunidad?
Al final va a ser cierto eso de que saber el castigo no evita el dolor. Por eso, no te pido que me acompañes en mi día a día, tarea del olvido. Simplemente te pido que me ayudes, que no me pongas la zancadilla en esos baches y trechos en los que solo quiero mirar atrás y tenerte de nuevo.
Porque, sinceramente, no sé qué hacer contigo. Te quiero como a ninguno quise, pero a veces… En este preciso instante, te mataría (aunque ambos sabemos que no lo haría). Ojalá pudiera odiarte de verdad. Es eso lo que te mereces. Porque fuiste el culpable y porque, si ya por ti me ahogué, ahora tiras nuestra relación —o lo que quedaba de ella— por la borda. Dime la verdad: ¿qué nos queda?
Fdo. La chica de las cartas que nunca te envió