Luchamos demasiadas guerras dentro para la paz que aparentamos. Tenemos muchos miedos y pocas fuerzas para enfrentarlo. Por eso huimos hacia fuera. Hacia la sonrisa externa y la distracción pasajera.
Sabemos de la condición efímera del presente, pero aun así nos aferramos al instante de consuelo. A veces basta eso para no derramar el vaso: un finde con muchos planes y alguna que otra lágrima al llegar a casa. Solo ahí, en silencio y soledad, es cuando las preocupaciones te abruman pidiendo que las desenredes.
Y de verdad que te encantaría, pero la bola de nieve se ha hecho demasiado grande como para frenarla. No puedes correr ni huir. Solo cerrar los ojos y engañarte pensando que la ola no romperá en tu cara. Esquivar las preguntas incómodas, evitar nuevos problemas y, de vez en cuando, llorar.
Borrón y cuenta nueva, ¿no? Eso te haces creer a ti mismo y a los demás: que no son nudos tan importantes y que jamás se enseñan las tiritas. La debilidad nunca estuvo de moda y, en realidad, te avergüenza tener tantos frentes abiertos. Tantas heridas, carencias y sentimientos sin digerir. Estás convencido de que a los demás no les pasa. ¿O sí? Qué más da. Cuando la casa es bonita por fuera, damos por hecho que es igual de perfecta en su interior.
SPH