Silencio. Absoluto silencio. No lo soportas. Te ahogas en el mar mecida por las olas. Expectativas. En cualquier momento pasará algo. No sabes qué. Tampoco tienes claro si la ausencia te arropa o te destapa. Observas lo que te rodea. La tranquilidad y el miedo se fusionan. Dudas. ¿Y si abro la boca? ¿Y si rompo la nada? ¿Y si luego me arrepiento?
Silencio. Absoluto silencio. Lo necesitas y, al mismo tiempo, lo detestas. Se te clava. Y no lo eliges. Te sumerges. Y te oyes a ti misma. El vacío no ayuda. La carencia es aún más evidente. Como si dar la espalda al océano lo fuera a secar. Autoengaño que no suena. El reloj que no da tregua. Los gemidos de los recuerdos no van a dejar de gritar. Así que cierras los ojos. Y vuelves a dudar. ¿El silencio es sinónimo de soledad? ¿Hasta qué punto mata? ¿Y si en realidad salva? No hay respuesta. Sigues en silencio. Absoluto silencio. Puede que la solución esté ahí. Puede que la cuestión sea cómo escuchar más allá de la nada.
LL