Un amor de verdad. De locuras con cabeza.
Con la estabilidad del hogar y la emoción de la selva.
Un amor que siento y ellos comprueban.
Que fluye sin escándalo porque ese había sido siempre su caudal.
Un amor adulto cargado de infancia y repleto de «todos los días».
De los de acostumbrarse hasta no cambiarlo por nada.
Un amor de «te quieros» inconscientes y sonrisas que no se disfrazan.
Que vuela sin despegar los pies del suelo y viaja sin moverse de casa.
Un amor de verdad. Tuyo. Mío. Nuestro.
El que tanto anhelamos y, ahora, por fin, tenemos.
LL