Que muero cuando me miras así. Cuando nos perdemos en un mar de ojos sinceros y sobran las palabras. A nuestro alrededor, todo ha parado. La sonrisilla se hace inevitable. Vuelvo a irradiar felicidad. Más aún cuando acaricias mi mejilla sonrojada y besas la punta de mi nariz. Delicadeza. Ternura. Amor en unos dedos que apartan mis mechones más revoltosos solo para volver a observarme. No podemos evitarlo. Tampoco lo pretendemos. Cualquier excusa es buena para sentirnos en piel. Para que la caída de mi pelo te lleve a mi cintura y no pierdas la oportunidad de abrazarme. Para que el vaivén de la cabina se haga cómplice y me robes otro beso más. «¡Qué suerte el encontrarte!», pienso envuelta entre tus brazos. Desde aquí, resulta sencillo dejarse llevar. Sucumbir ante el cariño hecho dulzura. Soñar con los ojos abiertos. Disfrutar de un «nosotros» que por fin se hace realidad.
LL