Mi corazón ha muerto, pero sé que sigo viva. Aquí estoy, escribiendo estas líneas en un intento frustrado de sentirme menos sola. Ya no tengo fuerzas ni para el autoengaño. Solo quiero dormir. Durante mucho tiempo. Y despertar cuando la vida se digne a regalarme una pizquita de alegría. ¡Solo pido un poco! Ya no queda sitio para la esperanza en este cuerpo apaleado. No me atrevo a nombrar el alma. Dudo si quedará algún trozo lo suficientemente grande como para llamarlo con ese nombre.
Una tras otra. Y cuando pensabas que no podías más, va la vida y te azota de nuevo. Como si el cupo de desgracias nunca se colmase. Mi espalda sangra con cada una de las puñaladas. También las agujas pinchan. Y no hay cura. Ni siquiera una maldita tirita que sane momentáneamente el dolor. No hay nada. Me he convertido en un objeto arrastrado por la rutina y un corazón preso del espacio y el tiempo, los dos peores enemigos de las dudas, la desesperación y la soledad; los únicos capaces de romper lo arreglado y arreglar lo roto.
Qué más da. Ya no puedo mirarme al espejo. No es que no quiera; es que no puedo. También estoy muerta por fuera. El fracaso me ha encerrado en un cuerpo con el que ya ni siquiera discuto. Lo detesto. No hay por dónde salvarlo. Aún sigo buscando un maquillaje capaz de tapar estas ojeras de decepción que ensucian mi cara. Pero… ¿para qué molestarse? Eso es, quizá, lo peor de todo esto: la lástima, la pena, la vergüenza… Es por ellas por lo que ya no me importa lo que pienses. Mi consuelo empieza por la autocompasión y no hay nada que acalle el sentimiento de inutilidad que resuena en mi cabeza. Día y noche. Ni durmiendo cesan los fustigamientos. Los latigazos gritan: «No sirves para nada» hasta que te doblegas ante ellos. Te haces pequeña y lloras. No puedes gritar. Tampoco los ánimos ajenos te reconfortan. Necesitas hechos, y la vida ha decidido putearte no concediéndotelos. Te revelas en vano. No te quedan fuerzas para sonreír al mundo y fingir que no pasa nada. El escudo se ha desintegrado y estás sola, desnuda, sin protección ante la vida. La puta vida que detestas hasta el punto de querer dejar atrás. Pero soy una cobarde. Y me conformo con huir. Me conformo con una copa lo suficientemente cargada como para marearme hasta caer dormida. Rendida ya caí hace tiempo. Después de varias batallas perdidas se te quitan las ganas de seguir muriendo en la guerra. Hazme caso.
Necesito hacer algo. Necesito escapar. Necesito empezar de cero. Pero nada. Sigo envuelta en un torbellino de problemas del que no puedo salir. Ya ni lo intento. Es inútil. Me sobrecargué de expectativas y el bofetón de realidad me ha dejado en el suelo. Es ahí donde quiero quedarme, donde creo que debo estar, hecha un ovillo. ¿Y si ese era mi destino? Anhelo el futuro y, al mismo tiempo, lo temo. No creo que haya sol capaz de alumbrar entre tanta nube negra y sin embargo me aferro al tiempo, cuyo paso me consume. Me aspira la ilusión casi tan fuerte como yo el cigarro y luego me expulsa, casi que me escupe, como si yo no fuera nada. Porque en verdad no lo soy. Soy la nada. Vacía, muda, perdida. Poco me queda para convertirme en cenizas. Y para mi desgracia, otra más, el ave fénix que renace es mentira.
Nada soy y nada me queda. Ni siquiera el don para escribir cosas bonitas. Mi corazón se ha agrietado tanto que las palabras se escapan. Le he cogido miedo al papel. Soy incapaz de poner voz a los sentimientos que nos llenan o, en mi caso, vacían. También he perdido la fe en eso… Otra frustración más para mi mochila.
Explicaciones y más explicaciones. Y yo solo quiero ahogarme en silencio. Es peor amargar que estar amargada. Soy un lastre. No me hagas sentir peor por eso. Déjame llorar a solas. Aún tengo motivos en el corazón y agua en el cuerpo. No intentes consolarme. Son los desamparados los que necesitan consuelo. Por favor, no me recuerdes las desdichas, inconscientemente, mientras me dices que «todo va a ir bien» y que «el tiempo cura las heridas». Solo necesito un motivo para volver a sonreír, y las razones no suelen vestirse de palabra. No espero que lo entiendas. Solo quería desahogarme de esta soga que tanto aprieta. Quizá por eso estoy escribiendo esto. Para engañarme a mí misma pensando que los problemas son menos problemas cuando se exteriorizan. ¡Pobre estúpida! La mentira me rebota en la cara y siento ganas de borrarlo cuando releo la chapuza que mis temblorosos dedos han tecleado. Definitivamente, tampoco sirvo para esto.
SPH