Tanto idealizó a la luna que poco a poco sus ojos dejaron de ver más allá. E incluso llegó a convencerse de que ella era la única capaz de alumbrar entre lo oscuro. Que le deseaba por encima del resto de estrellas y cada noche salía de paseo solo con la intención de encontrarle a él.
Pobre iluso. Pobre víctima del espejismo. Pobre creyente de un «me encantas» convenido y sin reciprocidad. Porque al final la luz de las farolas destapó hasta su sombra: Catalina tenía mil amantes; y locos enamorados; y poetas de rima fácil. Él solo era uno más.
SPH