La luna está manchada, al igual que mi piel.
En la oscuridad me siento pequeña, insegura, con miedo… Lo reconozco: la inmensidad de la noche me asusta. ¿Que por qué? Porque, en muchas ocasiones, lo oscuro es escenario del mal. El cielo pierde la esperanza a la par que mi inspiración aumenta. Melancolía. Fuerte lluvia de pensamientos, sensaciones e ideas que se amontonan y empujan. Confusión. El folio, esta vez negro, se ilumina con versos cuyo centelleo anhelo y admiro.
Un grano de arena, una estrella, una gota del mar… Mis problemas se han vuelto insignificantes. Maldita sea. No quiero sentirme una estrella más, una oveja cualquiera del rebaño. Quiero brillar tanto como tus ojos verdes esta noche. Ojalá algún día sea la estrella más reluciente de tu firmamento.
Y ojalá, también, llegase a ser como mi querida luna, fuente de inspiración y paz. Hoy es redonda y desborda serenidad, ¿sabes? Así lo reflejan tus ojos sinceros. No en vano dicen que la luna se llena solo en los corazones buenos.
Entre esta oscuridad que entorpece, Ella se alza como guía. Resplandeciendo sin aturdir. Sin engañar como en aquellos edificios encendidos. Mira cómo alumbra sin cegar. Sin asustar como sí hacen los focos del automóvil enfurecido.
Me gustan las noches así. La oscuridad vence y las estrellas se camuflan, pero no me preocupa. Porque Ella está ahí, evitando la derrota. Es más, me siento bien. Me siento bien porque es Ella, la portadora de luz, la que hoy es mi musa.
LL