Ella era la bolita de cristal que la vida me regaló. Tan bonita y frágil lucía que la guardé en un cajón, entre algodones, como mi más preciado tesoro. Sabía que aguardaría allí. Sin importar el tiempo, ella seguiría a mi lado.
Pero el reloj marcó horas, meses y años. Y un maldito día, alguien entró a robar en mi casa. Nunca supe si se rompió o no… Al volver, ya no estaba.
Fue entonces cuando me arrepentí. Me castigué a mí mismo por equivocarme. Por creer que conservar siempre es mejor que disfrutar. Por no haber dejado que ella brillase a mi lado.
Porque yo también fui su bola de cristal: frágil, pequeñita y valiosa. Pero ella no me guardó. ¡Al contrario! Me llevó consigo sin dejar que cayese de su mano. ¡Qué injusticia comprobar que la lección la aprendí tarde, pero no en vano!
CuerLo