Ya me ha quedado claro. Las maneras, no las mejores, pero el mensaje…, captado. Lo supe desde que te vi mirándola como solías mirarme a mí.
Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Si es así, me gustaría ser ciega. Ciega de vista, ciega de corazón… Así no sufriría tanto.
Justo cuando por fin me consigo acostumbrar a ti, va el destino y me castiga con una nueva prueba de fuego. ¿El objetivo? Supongo que demostrarme que estaba equivocada y que lo que antes había sido un todo ahora había quedado reducido a la nada. Joder.
Y mientras mi vida sigue su curso, te cuelas en ella inesperadamente. Y entonces apareces y… «Me cago en…». Reaccioné como una tonta, lo sé, pero no pude hacer otra cosa salvo echar a correr y encerrarme en un baño para explotar todo la impotencia y el dolor.
Surrealista, así lo defino. ¿Justo aquí? ¿Ahora? Te juro que esto parece una broma pesada en la que ella disfruta compartiendo contigo todo lo que yo me guardo.
Me tranquilizo, pero mi corazón sigue latiendo con fuerza. Manos temblorosas, piel de gallina, nudo en el estómago y una constante mirada que me delata.
De repente, mi cara se ha convertido en un cuadro en el que tan pronto dibujaste una sonrisa como ahora pintas desfigurado. Con una mezcla de colores de sorpresa, decepción y enfado. El problema es mío por pensar que no sería así. La imaginación me vuelve a jugar una mala pasada.
Y aun así te consigo sacar de mi mente, pero al rato apareces de nuevo. También ella. ¿Cuándo acabará esto? Yo solo quiero que, en vez de emborronar el cuadro, lo destierres en un rincón. Por favor. Estoy segura de que las lágrimas borrarán lo vivido y el tiempo estropeará el retrato para que ya no te recuerde.
Pero parece que a ti eso no te importa. Y a pocos metros de mí, vuelvo a verte. Y presencio cómo la rodeas con los brazos, la aprietas contra tu cuerpo y la besas. Yo me muerdo el labio y deseo gritar. Cierro los ojos, pero ni siquiera eso sirve. Y entonces, sorprendentemente, me divido en dos: una parte de mi te odia y llora de rabia; la otra desearía estar en su lugar.
Pero aquí solo soy espectadora de la faena en la que tú, torero, lanzas un beso a tu amada a la par que engañas a mi corazón, que muere conforme le vas clavando las banderillas.
Ojalá pase rápido el tiempo y te vayas de aquí, de mí. Quiero que desaparezcas de mi vida y olvidarte para siempre. ¿Lo has entendido, corazón? Es tu turno.
Mientras, la oscuridad me remueve y me explica cómo, poco a poco, me subí a una nube que, con tu soplo, desapareció. Ahora me toca el choque. Un golpe que dejará cicatriz, pero que será lección; un golpe que solo quiere decir «levanta y sigue caminando; la vida continúa».
Fdo. La chica de las cartas que nunca te envió