Me gusta cómo sonríes tímidamente mientras miras el móvil. Tu sonrisa se estrecha conforme tecleas el mensaje de vuelta. Me pregunto quién será la afortunada. Y me respondo, casi sin quererlo, cuando la veo esperándote en la parada. Ella también sonríe a la vez que te busca entre los asientos. Deseo. Vuestras miradas se iluminan cuando las puertas se abren. Yo también me bajo. La casualidad parece haberse aliado con mi envidia y me permite seguir leyendo vuestro relato. Ese que empieza con un reencuentro esperado y un abrazo confirmando la historia de amor que tanto me inspira. Camino detrás. Vosotros de la mano. Yo… Yo me limito a disfrutar del ser humano.
Observo vuestro brillo deseando empaparme. Y sonrío. Casi tanto como vosotros cuando os miráis. Vosotros que no oís mis pasos y que ni siquiera sospecháis que yo, desde aquí, os he convertido en protagonistas de mi novela. Un susurro de letras con el que trato de demostrar que el dolor merece la pena cuando la recompensa es ese beso inesperado en el que os acabáis de fundir. Las mariposas en el estómago no mienten. La ilusión ha echado a correr, aunque vosotros os hayáis parado. Os adelanto. Y disimulo mi emoción con buena música. Yo también lo he vivido. Yo también lo he probado. Sé lo maravilloso que sabe un beso robado.
Os quedáis atrás y no quiero. Deseo girarme. Necesito sentiros para plasmar el amor en letras. Sí. Lo reconozco. No me habéis visto, pero os he vuelto a disfrutar una vez más antes de doblar la esquina. También yo esbozo, ahora, una sonrisa tonta. Porque no me corroe la envidia. No la mala. Al contrario: fluyo por la empatía y la emoción de compartir con vosotros un pedacito de vida. Amor. Felicidad ante el bien ajeno. Bendita capacidad para dejarse contagiar por lo bueno.
SPH