Tu alma inspira. Tu ser expira. Has perdido un poco de esencia desde ese maldito adiós. Vuelves la mirada hacia atrás buscando que te abrace. No, no está. Ni volverá. Tu cuerpo tiembla y tu corazón se congela ante la sola idea de perderle para siempre.
Pero ¿qué puedes hacer? ¿Hacia dónde correr? Él no ha corrido. Él se ha alejado poco a poco, a veces sin quererlo, y ahora se esconde. ¿Cómo le vas a encontrar así? Qué duro es que alguien se marche para no verte, ¿no?
Hacia adelante; es lo único que te queda. Echar a andar con el corazón roto en las manos. Aún es de él. Aún no eres capaz de mostrarlo a nadie. Quizá algún día puedas compartirlo, quién sabe. Las comparaciones son odiosas.
A tu alrededor, el mundo es nuevo. La gente te anima, pero, para ti, es poco más que un contrasentido. «Piensa a corto plazo, el futuro queda muy lejos», te dicen. Y sí, asientes por fuera, pero tus emociones no lo entienden. Ellas solo quieren que vuelva a llenar su vida, y eso es capricho del futuro, por eso piensan en él.
«No lo haces bien», te grita la realidad. «¡Y a mí qué me importa!», le chillas a la cara. Las paradojas se multiplican y te confunden. Te pierdes. Lo intentas. Imposible. De nuevo, terminas acordándote de él. El «te quiero» y el «te odio» bailan en una línea muy fina y siempre acabas haciendo trampas para que la balanza se decante por lo bueno. Así es mejor. Prefieres los recuerdos dulces antes que los amargos.
Sigues caminando. Te preguntas dónde está y qué hace. Con mil interrogantes hasta que te convences a ti misma de que no te importa. Miras a un lado, al otro. Te guste o no, la vida sigue. Y aquí no hay atajos en el camino. Adelante.
SPH