Cobarde. No hay palabra que más duela y que con más rabia se grite. Todo es cuestión de más cuando el orgullo anda cerca.
Es curioso cómo la cobardía se convierte en satisfacción o arrepentimiento en función de las agallas. Las mismas que se agarran al estómago hasta que este encoge. Las mismas que mueren al circular la adrenalina. Las mismas que vacían cuando no crecen.
A la cobardía se la reconoce porque te hace mirar al suelo, como si la tierra supiera más dulce que la realidad. Se la nota porque borra sonrisas y llena los ojos de miedo. La cobardía es ese maldito traje que provoca las burlas de tus enemigos y despierta la tristeza y desesperación en aquellos que más te quieren.
¿Cobarde? Precavido. ¡Mentira! ¡Cobarde! Porque no le echaste el valor que la situación requería. Porque la comodidad y el miedo a sufrir te paralizaron en el sofá de casa. Porque, en el fondo, no eres el valiente que dices ser y lo nuevo te asusta.
Pero ¿sabes qué? Que te arrepentirás. Y el «y si» se convertirá en tu losa más pesada. Y lo peor de todo es que lo sabes. Y no te importa. Porque tú… tú ya has elegido compañera de viaje; y, para tu desgracia, es la cobardía.
SPH