Todo empezó con una relación que, como ambos afirmamos, «nunca había sido normal». Una atracción mutua que yo he sabido desarrollar, tanto para bien como para mal, y en la que tú te has quedado estancado.
Tu novia, ese sería el problema, pero aquí no es ella, sino tú. Porque no has sabido querer lo que tenías y has puesto en peligro tu mayor tesoro por unos zapatos nuevos, por mí… ¡Cuánto me gustaría que te quedaras, como acierta el dicho, sin el pan y sin la torta y, entonces, valoraras!
Solo unos cuantos encuentros… Un gesto, una mirada, una palabra y todo había cambiado. Nuestros besos fueron mi perdición y ahora mi ilusión aumenta a la par que mi cabeza se confunde, acabando en desacuerdo total con mi corazón: quiero, pero no debo.
Sé que a ti no te importa, pero yo nunca olvidaré nada de lo que pasó, de lo que me dijiste; cómo se me aceleraba el corazón, me ponía nerviosa y me atontaba mirándote a los ojos. Pero esa no era la vida real. La vida en la que esos ojos, ahora mentirosos, no me miran de la misma manera, con la misma ternura.
Y poquito a poquito, te quería cada día más. Y también te odiaba cada día más. ¿Cómo una persona puede cambiar tanto? Por la gente, tu novia… Ella no se podía enterar y, claro, el silencio era mi tarea. Lo reconozco: me siento utilizada. Solo he sido un juguete con el que de vez en cuando te divertías.
Y lo que muchas veces intenté decirte y creo que aún no entiendes del todo es que, aunque yo solo te gustara (físicamente, a pesar de lo que decías), yo sí te quería de verdad. Cualquier cosa tenía distinta interpretación: para ti una cosa, para mí otra… Ese fue el fallo de todo esto.
Y para colmo, la música. Una canción, una frase… Te juro que al cerrar los ojos ¡todo venía a mi cabeza! Como una peli que te hace llorar y sonreír al mismo tiempo. Llora tu cabeza pensando que no puede ser posible y que terminará ahí; sonríe tu corazón porque pasó y fue alucinante y porque lo repetirías mil y una veces.
Vivo en un lío constante, en un enfrentamiento entre mente y alma. Te veo y te intento ignorar cuando en realidad desearía abrazarte. Y aunque eso solo lo sé yo, muchas veces desearía gritarlo al mundo. Pero no lo hago, y no por ti, sino por ella, porque nadie merece sufrir tanto como yo lo he hecho. Suficiente con una, ¿no? Lo malo es que esa parte me tocó a mí…, y parece que no te importa.
Y a pesar de todo, te sigo queriendo, y lo sabes, y sabes que estaré ahí. Y yo lo único que creo es que necesitas echarme de menos, ver que no siempre voy a estar contigo y que elegiste una cosa, pero perdiste otra.
Sé que lo que ganaste, a ella, puede ser mejor premio, pero eso no te da derecho a jugar conmigo. Ojalá vivas algún día esto que me ha pasado a mí. Tu inseguridad y tus ganas de riesgo me han destruido poco a poco. Tu montaña rusa de «ahora sí, ahora no» me marea, pero, por lo que veo, tampoco te interesa. Y no te culpo por ello. Me culpo más a mí misma por pensar que en realidad sí te importaba.
¿Y ahora qué? He hecho lo peor y lo mejor. Me toca asumir las consecuencias. «Te quiero como amiga», esas son tus palabras; las mismas que abren unos ojos cansados de llorar, pero por fin despiertos. Eso es lo que me gusta pensar, que detrás de la tormenta siempre sale el sol y que, por mucho que llore, tus dardos ayudarán a acabar con mi confusión y malentendido.
Sé que va a ser difícil y que tendré que evitar cualquier gesto, cualquier cosa…, pero esto es un juego de dos y, te repito: dependo de ti al menos en una parte. Es ahí donde debes demostrar que me has querido algo o que, por lo menos, un poco de aprecio sí me tienes. Que me quieres como amiga, como tú dices, o mejor aún: como persona. Si no me clavarías un puñal físicamente, ¿por qué me hundes pequeñas agujas en el corazón? Eso también duele.
Necesito fuerza para poder evitar esos momentos, para poder vencer el deseo con un «si solo somos amigos, actuemos como tal». Son palabras duras, ¿sabes? Creo que… Creo que lo mejor va a ser distanciarnos todo lo que podamos. Sé que no es mucho y eso me dificulta las cosas, pero es justo en estos momentos cuando la cabeza debe mandar por encima del corazón. No solo por mí y por ti, sino por el bien de ambos.
Aun con esto soy incapaz de expresar todo lo que siento… Pero ya firmo aquí, por doble, con un «te odio» y un «te quiero» todavía más grande.
Fdo. La chica de las cartas que nunca te envió