No necesito tu sudadera para acordarme de ti. Tampoco tenerte cerca para recordar cómo hueles. Porque mi memoria podrá fallar, pero el amor… No. Eso no se olvida. El fuego se apaga, pero las cenizas no desaparecen por mucho que sople el viento.
Pensándolo bien, puede que odiarte sea la mejor y única solución. Dicen que odiar es la mejor arma para dejar atrás a quien amaste con locura; a quien también te amó y, ahora, te hiere. En estos casos, odiar es triste pero útil.
Son casi las cuatro de la mañana y, pese a todo, quiero que estés aquí. No digas nada; solo abrázame. Sé que no quieres, pero lo necesito. La cabeza y el corazón se enfrentan. La víctima soy yo. Maldita la ironía de que contigo quiera una cosa y necesite justo la contraria. ¿Cómo se lucha contra eso? ¿Cómo me salvo de esta guerra?
Nada. Te desmaquillas ilusiones y desnudas el alma. Esa eres tú. Ese es tu reflejo. El interior es cosa tuya. A veces, ni eso. No comprendes ni lo de fuera ni lo de dentro. El mundo sigue girando y tú solo notas un fuerte dolor de cabeza y un corazón a punto de explotar.
Sé que debo abrir los ojos, pero prefiero cerrarlos y soñar. Sentir que desaparezco y que el espacio y el tiempo son solo un engaño para hacernos sentir más vivos. El pasado, el presente y el futuro se reducen a nada cuando duermes. Ahí, entre las sábanas, quedará mi consuelo de poder acallar, aunque sea un rato, la realidad. Ahí, sobre la almohada, reposará el castigo de un subconsciente que, paradójicamente, nunca descansa.
Mientras tanto, admito que sigo pensando en ti. Y que las dudas continúan clavándose como alfileres cargados de desaliento. Necesito escuchar que aún te importo algo. Necesito que muera esta maldita soledad. Necesito creer que el amor no es una gran mentira.
SPH