Mujeronas con alma de mujercitas. Robots hechos de imperfecciones humanas. Meryl Streep como Margaret Thatcher o en El Diablo se viste de Prada. Mujeres de acero rellenas de pan.
Te levantas, te acercas al espejo y bajas la mirada… Luego vuelves a encontrarte y, con una sonrisa medio forzada, te dices: «¡Aquí estoy yo! ¡Vamos!». Nadie puede contigo, salvo tú misma. Buscas tu mejor modelo y te calzas unos tacones altos; que sepan que has llegado pisando fuerte. Los complejos enmudecen conforme cierras la puerta de casa. A tu alrededor, la gente te admira.
Ellas, mujeres con éxito que consiguen lo que se proponen. Autoestima, iniciativa, responsabilidad, liderazgo… Lo mires por donde lo mires, nada desentona. Su apariencia es de pulcritud. Sus vidas, perfectas.
«Tienes la blusa manchada», piensas apurada a la par que das la vuelta a la prenda. Por fuera sigues perfecta, pero por dentro la mancha no desaparece. ¡Qué más da! Nadie hurgará en tus problemas. Juegas en una liga superior en la que la tristeza está prohibida y las lágrimas solo caen en un lugar a oscuras y con canciones que acallen el ruido de la soledad.
Al cruzarse contigo, te preguntan «qué tal», aunque ya sepan la respuesta. También tú la tienes memorizada; es parte del rol. A nadie le interesa el trastero, y, en parte, lo agradeces. No deben percibir debilidad. No te está permitido.
Políticas, responsables de altos cargos, cantantes, periodistas, actrices… Chicas en general. Mujeres volcadas en un mundo en el que pueden y consiguen demostrar de qué son capaces. Que no necesitan ayuda ni consejo ni apoyo. Ellas saben solucionar sus problemas solitas. Eso parece. Para algo son chicas impermeables que por fuera no se mojan, aunque por dentro se estén ahogando.
Llegas a casa. Nadie te espera. Te quitas el rímel mientras te enfrentas de nuevo a una realidad dibujada a partir de todo aquello que rechazaste para triunfar, para que te tomaran en serio. Nadie escucha. Nadie comprende. Te falta un hombro en el que llorar y sientes que, en casa, no es necesario que lo niegues.
Decides irte a dormir. Las sábanas ponen fin a otra jornada de sonrisas falsas y triunfos de doble filo. Acallas tus sentimientos, por lo menos, un rato. La olla a presión todavía no ha estallado. El truco está en vivir día a día. Sabes que mañana, frente al espejo, volverás a sacar fuerzas para autoconvencerte.
LL