Regala tu corazón, pero, antes, envuélvelo en una gabardina de amor propio. Para que los arañazos no escuezan tanto y las heridas sangren menos. Para que nadie, salvo tú, verdugo y víctima, pueda destrozarlo por completo.
Regala tu corazón, pero no lo hagas con la intención de que otro lo cuide. Nadie mejor que el arquitecto conoce dónde se esconden los puntos débiles y dónde los pilares.
Regala tu corazón, pero solo cuando hayas aprendido de él y puedas fiarlo a manos ajenas. Entrénalo para que pueda latir en otro cuerpo sin olvidar que te pertenece a ti antes que a él o a ella. Si lo haces, tus dedos sabrán sujetar otros corazones en su justa medida. Con cariño, pero sin sobreprotegerlo. Con fuerza, pero sin ahogar.