Y entonces apareces tú. Y trastocas todos mis planes. Pones mi mundo al revés y, poco a poco, casi sin quererlo, te vas haciendo un hueco en mi vida.
Radiante, demasiado para mí. Irremediablemente, mi cabeza te dibuja inalcanzable a pesar de que mi corazón enloquece por verse a tu lado. Y pienso, y me desvelo pensando: ¿por qué tú? No hay respuesta.
Había asumido que acercarme a ti era sinónimo de no saber cómo reaccionar. Como la doncella del cuento que suspira por el príncipe. ¿Y si esto es solo un amor platónico? ¿Y si no es más que un amor imposible? Maldito corazón… No solo es caprichoso, apasionado e incomprensible, sino que, además, duele.
Y entonces vas tú y me besas. Y yo me elevo. Porque ya no soy una doncella, sino la princesa en lo alto del castillo. Y desde ahí puedo verlo todo. También la contradicción. Siempre ha existido algo de lo que ninguna muralla consigue proteger, ¿sabes?: el miedo. No saber qué piensas, ignorar tus sentimientos más sinceros, desconocer lo que pasa por tu corazón… Eso es lo que me frena. Lo reconozco: tengo miedo de que mis palabras sean polvo para ti y que, con solo un soplo, derribes mis ilusiones.
Pero respiro tranquila. De momento, me regalas y no me quitas. Palabras, gestos y besos. Aunque la emoción conviva con las dudas y asuma que «insignificante» e «importante» comparten tantas letras como caras tiene la moneda. Todo esto me parece lógico a la par que contradictorio. ¿Cómo un grano de arena puede al mismo tiempo ser playa? ¿Cómo una gota de lluvia se transforma en tempestad? ¿Cómo se distingue un copo de nieve entre la nevada?
El tiempo dirá, pero, mientras, yo solo pido que este amor no empiece por «i» de «imposible». Ojalá comience por «i» de «infinito» y, como su nombre indica, nunca acabe.
LL