A la izquierda; luego a la derecha. Paseo la mirada por cada rincón del andén en busca de rostros conocidos. Al reconocerlos, sonrío. No sé sus nombres ni sus edades; ni siquiera lo que estudian o dónde trabajan. Lo único que sé es que, quieran o no, se han convertido en mis compañeros diarios de viaje.
Mañana a mañana, nos cruzamos con ojeras incluidas. Nos hemos acostumbrado a ello como si fuera lo cotidiano y, al mismo tiempo, la mejor opción. ¡Qué tranquilidad saber que la vida sigue corriendo! ¡Qué caprichosa puede ser la rutina a veces!
7:45. Me siento jadeando tras la carrera, pero, al menos, consigo no perder el tren. Cuando llego, ya está él. No tendrá más de dieciocho años, pero su baja estatura le hace aparentar menos. Las cejas arqueadas y el pelo corto y castaño. Aun así, lo más característico es el grosor de sus labios, demasiado para una cara tan pequeña. ¡Cualquiera diría que está poniendo morritos para una foto! Aquel chico observa con los ojos muy abiertos, atento a la vida a su alrededor. Lejos de prejuicios, transmite bondad, paciencia, tranquilidad… y muchas ganas de aprender. Qué responsable y concentrado se ve andando con su mochila por el andén. ¿Su nombre? Tiene cara de… Le llamaré Jaime.
7:47. En la siguiente parada se sube un hombre de cuarenta y tantos, muy delgado y extremadamente alto. Su lenguaje corporal deja intuir algún tipo de discapacidad o minusvalía, pero no sabría decir cuál. Muy erguido, aquel hombre parece tener los pies clavados al suelo y la mirada fija en ninguna parte. Estación tras estación, con un chaquetón grande y una mochila cargada a la espalda, sus ojos siguen en el mismo punto. Recuerdo que alguna vez le he visto con otros dos chicos con síndrome de Down. Hablaban animadamente sobre los planes de la residencia. Bueno, en realidad, mi compañero de viaje solo respondía con monosílabos, asintiendo y cambiando la seriedad por una sonrisa de oreja a oreja, y, oye, ¡qué sonrisa más bonita! ¿Su nombre? Tiene cara de… Le llamaré José.
7:50. Otro estudiante más. El año pasado comentaba con sus amigos sobre apuntes de geografía y la temida selectividad. Ahora viaja solo y lo hace ya no como niño, sino como universitario. Un chico normal si no fuera porque ¡es el doble de Justin Bieber! No importa las veces que le mire… Al girar la cabeza, su perfil siempre consigue que me sorprenda. Él crece, pero el parecido no se esfuma. ¿Su nombre? Tiene cara de… Le llamaré Juan.
7:53. ¡Por fin ha llegado! Bajito, con gafas y barba, debe tener en torno a unos treinta años, pero la discapacidad también le ha afectado al desarrollo físico. Habla hasta con las paredes y, de vez en cuando, pregunta por la parada en la que te vas a bajar o por tu opinión sobre el partido de ese día. Conforme aparece, una sonrisa de ternura se instala en más de un pasajero mientras él camina con sus pequeñas manos abiertas, muy abiertas. Su elasticidad es sorprendente. Atraviesa los vagones con la palma hacia arriba y se acerca buscando que le imites: «Así», te explica. Cuando lo consigues, te choca los cinco y se marcha buscando otras manos amigas. ¿Su nombre? Tiene cara de… Le llamaré Miguel.
7:56. Uno de los saludados es también compañero de viaje cada mañana. Es otro estudiante de unos diecisiete años, con su sudadera y mochila. Es guapo, y lo sabe. Moreno, mandíbula marcada y perfil de treintañero. Los pendientes de coco en cada oreja le dan aspecto de tío duro. A su lado, frente a su media sonrisa y una mirada altiva, su amigo empequeñece. Tiene algo que atrae y, repito, lo sabe. ¿Su nombre? Tiene cara de… Le llamaré Fran.
7:59. Voy llegando a mi destino, pero ellos ya llevan allí sentados un buen rato. Chico y chica, quince años, morenos, con gafas y los granitos propios de la edad. No destacan por su belleza, pero no importa: en unos ojos enamorados la belleza es algo relativo, y no sé ellos, pero yo daría lo que fuera porque el tiempo se parara solo para poderles seguir observando. Ella se atusa el pelo y, avergonzada, finge que busca algo en la mochila. Él… Él la mira con unos ojos cargados de admiración; abiertos y brillantes. Sería incapaz de reflejar aquí lo que su mirada transmite. ¿Sus nombres? Tienen cara de… Los llamaré David y Sara.
«Próxima parada: Guzmán El Bueno». Echo un último vistazo y me bajo. Algunos de ellos también bajan conmigo, pero los pierdo por las escaleras tras una mirada fugaz. Solo al salir a la calle vuelvo a la realidad. Jaime, José, Juan, Miguel, Fran, David y Sara… Mañana volveré a veros.
LL
(Basado en hechos reales)