El insomnio es angustioso y, creedme, está infravalorado. Me compadezco de aquellos que lo sufren. ¿Por qué? Porque todas esas personas, para quien la madrugada puede ser una pesadilla, se convierten en fantasmas con muchas ojeras que pasan desapercibidos entre los sueños y ronquidos del resto de la sociedad.
En estas situaciones es cuando verdaderamente te das cuenta de cómo el cerebro te maneja. Notas cómo las preocupaciones y los nervios se anteponen a la voluntad y, por supuesto, te resignas a ver que el cansancio físico no cuenta para nada.
Por cada vuelta, el cerebro dispara otra idea. ¡Cuántos miedos! Cambias de postura buscando un fogonazo de luz que haga desaparecer las inquietudes. De un lado y de otro, la cama te atrapa hasta que las sábanas se pegan a tu piel, mojada por un sudor frío.
La actividad más sencilla para algunos se convierte en la lucha diaria de otros. El insomnio te traslada a un cuarto desconcertante y confuso. Mil puertas se abren; mil portazos que das.
Corres perseguido por el monstruo del tiempo, que te recuerda que en pocas horas toca ponerse en pie. Eso te agobia aún más, así que optas por dejar de correr. Paras en seco y fabricas una pompa de abstracción blanca en la que aparecen largas series de números o, como mínimo, cien ovejitas. Sabes que el tiempo sigue corriendo hacia ti, pero ya no te importa. Has asumido que lo chocarás de frente mientras esperas a que, en cualquier momento, suceda el milagro y te duermas.
LL